A pesar de mis iniciales reticencias también he caído víctima del Spotify de las narices. No me resistido a colgar una lista con algunas de mis canciones favoritas y alguna que otra versión curiosa.

A pesar de mis iniciales reticencias también he caído víctima del Spotify de las narices. No me resistido a colgar una lista con algunas de mis canciones favoritas y alguna que otra versión curiosa.

En las últimas semanas me he sumido en un frenesí dionisíaco que me ha hecho probar vinos de manera compulsiva. Los más destacados en mi bárbara opinión:
– Pittacum Aurea 2006: O como cargarse un mencía del Bierzo
O tuve mala suerte con la botella o este vino es un pestiño importante, y más si tenemos en cuenta su precio. Da la sensación de que, en lugar de un vino del Bierzo han intentado conseguir un Ribera del Duero. La madera demasiado presente, algo exagerado, y la acidez escasa: como diría el gran Mariano parece que venga de un aserradero en lugar de una bodega. Demasiado alcohólico en nariz y con un punto amargo en boca, con los taninos demasiado presentes. Excesivamente potente, ¿un vino parkerizado?
Sinceramente, con la fama de la que venía precedido este vino me llevé una gran desilusión. Tanto que me hace pensar si tuve mala suerte con la botella, como he dicho más arriba, o tal vez lo bebí con una comida inadecuada.
– Regoa 2007: Mi reencuentro con la Ribeira Sacra
Tenía ganas de probar este ribeira sacara del que tan buenas referencias tenía a través de Mileurismo Gourmet (al que le robo hasta la foto) y que no me defraudó lo más mínimo. Con la acidez justa, un vino ligero, suculento y fácil de beber para el que, al contrario de lo que piense Mariano (aunque seguro tiene razón), creo que no hace falta esperar.
Una botella que voló en la mesa y que gustó algo menos a mi señora, entregada ya a los placeres de malbecs, carmeneres y monastrelles varias, pero que en mi opinión es un valor magnífico, con una magnífica relación calidad-precio.
– Barón de Gurpegui 2004 Gran Reserva: O como ir a Chile a crear un gran vino
Un coupage de carmenere, cabernet-sauvignon, syrah y cabernet franc, con un carácter distinto al habitual entre los vinos del nuevo mundo: aquí hay más técnica y menos expresión del carácter típico de lo
s vinos del nuevo mundo. Es un vino muy interesante en nariz, con aromas a chocolate y grosellas, con bastante fruta y una madera bastante dominada; en boca es, quizá, excesivamente fino, sin demasiada persistencia y poca astringencia. Me ha parecido, a pesar de algunas críticas, un vino fantástico, quizá no demasiado complejo, no intelectual pero conseguidísimo y en su justo momento de consumo.
Si tuviera que buscar una equivalencia en un vino español diría que es como un Gran Fontal 2004: vino de enólogo, muy profesional, buena materia prima y en su momento perfecto para consumir, alejado de los populares vinos de pago.
Todavía mejor al día siguiente a descorcharlo.
También, durante mi último fin de semana en Madrid, me dejé caer por el teatro para ver la nueva versión del famoso texto de Yasmina Reza: “Arte”.
Recuerdo “Arte” con gran cariño, ya que hace unos diez años acudí a una de las representaciones de la versión de Flotats, triunfadora en los Max de aquel año. Desde entonces ha habido otras reinterpretaciones del texto original, protagonizadas por Ricardo Darín (actualmente representada en Buenos Aires), Luis Merlo o la que nos ocupa: la de Enrique San Francisco.
Son un fan de Quique San Francisco, de su trabajo y de su descaro vital -aunque a veces se haya pasado de vueltas-, por lo que acudí con mucho interés.

El texto se mantiene más o menos como lo recuerdo, no hay grandes variaciones; sin embargo, a pesar de un Enrique San Francisco que fuma en escena y es más él mismo que nunca, y de un sorprendente Javier Martín, la obra no me impactó tanto como la anterior; es muy correcta, divertida y se la recomiendo a todos, pero no tiene la genialidad del montaje, la precisa iluminación minimalista de la de Flotats. O a lo mejor es sólo la falta de novedad.
En cualquier caso el teatro, en un sábado con doble sesión, a reventar.
Estoy enganchado al comic “100 balas”. Me encanta el planteamiento de serie negra, los guiones de Brian Azzarello -con un gran manejo de la trama principal, subtramas e historias independientes- y la precisión narrativa del argentino Eduardo Risso. Uno de mis cómics favoritos.
Y me fascinan las portadas de Dave Johnson:




Era este “El Salero” un restaurante al que tenía ganas de ir: siempre me habían hablado bien de él y, por unas cosas u otras, nunca había acudido. Unos apuntes rápidos:
El local está en Zalaeta, en la llamada Plaza de la Lupa, un poco escondido, la verdad, y alejado de otros restaurantes; es tan discreto que, desde fuera, cuesta saber si está abierto o cerrado. A la entrada del local, de dos alturas, está la cafetería y el comedor se ubica en la entreplanta. La decoración es un tanto anodina.
La carta es bastante corta, aunque parece ser que hay bastante rotación de platos, lo cuales eran bastante sugerentes. Nos inclinamos por compartir unos saquitos de wanton con pollo y setas, de sabores gratificantes y fáciles, como entrante.
Para los principales me decidí por el confit de pato, acompañado con lo que parecía pera y salsa de zanahoria; el confit de pato estaba crujiente y jugoso, muy conseguido, sin ser sabores demasiado novedosos la ejecución la encontré más que correcta. Mi acompañante se decidió por el pulpo a la brasa, elaborado también de manera impecable, churruscadito sin estar seco.
El postre fue el cremoso de chocolate blanco, también muy recomendable, dotado de consistencia, como si fuera una bola de helado.
Lo mejor de todo es que la visita tuvo un precio más que contenido, aunque hay que tener en cuenta que no tomamos vino. La relación calidad-precio de “El salero” me pareció más que notable. Como nota negativa sólo decir que la chica que atendía el comedor iba un poco justa ella sola y que el local se veía un tanto desangelado, tanto por decoración como por escasa afluencia de público, lo que llama la atención teniendo en cuenta la mencionada RCP y que la oferta de platos es bastante interesante.
Es un lugar que bien vale una visita y que invita a reflexionar sobre los usos de los consumidores, que abarrotan locales con calidad mucho más reducida y precios más elevados.
Hacía varios años que no había ido a “Sant Celoni” y, aprovechando un viaje de última hora a Madrid, decidí que era momento de intentar dejarme caer por ahí. No tenía muchas esperanzas de encontrar mesas pero, curiosamente, había sitio.
El local, dentro del hotel Hesperia, obliga a bajar unas escaleras, pero es un sitio muy amplio, con un par de jardines interiores y un diseño cuidado: sobrio pero elegante.
Esta vez, debido a la hora y al cansancio acumulado, no llegamos con energía para un menú, por lo que nos decidimos con dos platos cada uno, buscando que la cena no fuera excesivamente larga; debo decir que no fue así pues, el servicio, aunque atento, no iba muy sobrado para atender todas las mesas y los platos se hacían esperar bastante: tardamos más de tres horas para cenar, lo que es demasiado largo, en mi opinión.

De aperitivo se nos sirvieron unos snacks, entretenimientos y mezcla de sabores curiosos. Después un par de aperitivos: unas lentejas sorprendentemente tradicionales y una ensalada de pasta, que consistía en un macarrón con verduras en su interior, preparación inversa para sabores conocidos. Lo acompañamos con unas copitas de Taittinger, un gran champagne que nunca defrauda.

Como entrantes nos decidimos por una menestra de verduras y el canelón de trufa negra con cebolla. La menestra tenía, como añadido, una especie de carpaccio de algún crustáceo. El canelón de trufa fue, en mi opinión, el mejor plato de la noche: la pasta muy fina y perfecta de punto y textura, la trufa negra y la cebolla creaban unas sensaciones realmente interesantes.
Los platos principales fueron la becada y los salmonetes con huevos rotos y migas. La becada, servida con la cabeza del animal troceada, daba un poquito de grima y no gustó en la mesa: las aves de caza siempre son peculiares. Los salmonetes, por contra, perfectamente desespinados, eran unos lomos sensacionales, aunque la combinación de sabores no era demasiado impactante: un gran plato, pero…
Plato de quesos al final: el carro de los mismos, que es en realidad una mesa que trasladan los camareros, es realmente impresionante, y la calidad de la elección que hizo el encargado fue realmente notable: aunque la selección que preparan es diferente para cada mesa, aunque los principios que se siguen son similares. Un surtido muy impresionante, al nivel de los mejores restaurantes en este sentido.

En los vinos nos acabamos decidiendo por un Pujanza Norte 2006, un rioja muy moderno, con la fruta muy presente y sin exceso de madera, con un toque muy mineral y que fue ganando jerarquía conforme avanzaba la mesa. No lo considero mi tipo de vino pero es de extraordinaria calidad.
¿Sensaciones? Decepción. Esta vez no nos inclinamos por algún menú, como en ocasiones pasadas, pero la satisfacción es muy moderada y, si tenemos en cuenta los altísimos precios, pues esa satisfacción desaparece y casi, casi, diría que no me han quedado ganas de volver. Aunque suene un poco extremo.
Estos días he hecho, aprovechando las fiestas, algunas adquisiciones para mi bodega, algunas de las cuales ya han dejado de estar en stock, debido a mi ansiedad vinícola.

El otro día me hice con un vino al que le tenía ganas: el Numanthia Termes 2006 y una recomendación por parte del bodeguero: el Gramona Bru Pinot Noir 2004.
El Numanthia Termes 2006 es un vino que parece abonado a múltiples listas y recomendaciones como uno de los mejores de España: para Wine Spectator (o Wine Speculator como dijo alguien) es el número 2 de los 100 vinos del año 2009 y uno de los pocos vinos españoles en el listado. No soy un gran seguidor de este tipo de clasificaciones, importantes para el mercado americano, pero poco relevantes aquí (juro que hay aspectos del vino que no sé de dónde sacan), pero me parece curioso. En general, casi todo lo que hacen los Eguren, en Rioja o en Toro, está siempre en lo más alto para los expertos. Y, sin embargo, incluso reconociendo la calidad de su trabajo, muchos de sus vinos no me emocionan, sobre todo si consideramos lo que cuestan. El Numanthia Termes 2006 es un vino poderoso, contundente como merece su Tinta de Toro, pero con un final un tanto brusco: muy bien en nariz y no tanto en boca: me pregunto si no necesitará algo más de tiempo en botella; da la impresión de que puede dar lo mejor de sí mismo dentro de unos años. Si ésa fuera la razón de mi desencanto, la presión comercial para sacar un vino antes de tiempo al mercado habría vuelto a jugar una mala pasada; no se me interprete mal, es un vino de gran nivel pero con un precio alto, tanto que no acaba de ser totalmente satisfactorio.
Por otra parte el Gramona Bru Pinot Noir 2004 (D.O. Penedés) es otra bodega con una familia de gran tradición detrás: todo
lo que he probado de ellos es espectacular (Cava, varietales de sauvignon blanc o pinot noir). Durante mi periplo por Napa tuve oportunidad de probar muchos pinot noir californianos (uva por la que los americanos sienten auténtica pasión) y pocos -dentro de los que tenían un precio razonable- me convencieron. Esta uva, propia de los vinos de Borgoña, tiene escaso desarrollo en España y, por todo lo anterior, abrí la botella con cierta precaución. El pinot noir tiene fama de producir unos vinos complejos y sutiles, y a fe que en este Gramona lo consiguen, manteniendo a su vez el clásico toque de fresa o frambuesa de esta variedad de uva, es un vino que se bebe solo, que se disfruta mientras la botella baja y baja el nivel, lo que siempre es el mejor síntoma de la calidad del vino. Un vino redondísimo, en su momento justo de consumo y, sin ser barato, con una gran relación calidad-precio.
En el “Alborada” siguen muy en forma: muy en forma en la cocina y en la sala; la regularidad y el alto nivel es apabullante y mejora cada día más.
Puede parecer un poco exagerado, pero es, actualmente, el restaurante en La Coruña en el que estoy más a gusto: el servicio atento sin atosigar, el ritmo de los platos perfecto, la carta de vinos completa -aunque eche de menos algo de audacia en la selección- y la comida sensacional. Sé que siempre estamos a vueltas con las estrellas Michelin, pero he comido en muchos restaurantes peores y con al menos una estrella.
Durante la primera época del “Alborada” criticamos las escasas novedades en la carta pero esto, poco a poco, va cambiando; Luis Veira va sacando novedades, manteniendo los platos más clásicos y eliminando otros (por cuestiones de temporada o porque se demuestren fallidos); en esta última visita probamos algunas de las novedades y nos dejaron muy satisfechos.
Como aperitivo una pequeña terrina de foie, nada novedosa. Para los entrantes no pude evitar pedir -tengo que hacérmelo mirar- el Salpicón de bogavante, ya consolidado en la carta, y de calidad excepcional; siempre le he encontrado un toque curioso de sabor comparándolo con mis favoritos y creo que se debe a que el cocinero utiliza salsa de soja que, aunque me gusta, reduce la importancia de los sabores primarios del bogavante, que queda un punto excesivamente salado.
Después una de las novedades en carta: Carpaccio de manitas de cerdo con gambón y puntas de espárragos blancos; muy rico el carpaccio, con una combinación de sabores “mar y tierra” curiosa pero efectiva, primando la especial textura gelatinosa de las manitas. Los espárragos no los noté por ningún lado. Muy bueno, aunque prefiero la sencillez del carpaccio de gambón que tenían en carta.
Los platos principales fueron: en primer lugar el imprescindible Huevos rotos con cigalas y patatas, ¿Qué decir? Conjunción perfecta de sabores, sencillez y pegada en un mismo concepto. Cuando vamos es un plato que casi siempre cae, víctima de nuestra gula; luego, como novedad, el mero a la brasa con espárragos y una salsa a base de mostaza, que venía como guarnición, sin quitarle protagonismo al lomo de mero. Es de las pocas veces que me he arrancado por un pescado en este restaurante -normalmente las carnes han atraído más mi atención- pero este mero merece un notable muy alto.
Al final, para acompañar los postres, un tokaji 4 puttonyos de Disznoko, con el punto perfecto de dulzor para no matar el leches, galletas y chocolate, ya suficientemente dulce.
Por cierto, sobre los vinos, en la carta del “Alborada” tienen una opción que me gusta mucho: el Juan Gil crianza 2007 D.O. Jumilla: un vino con una sensacional relación calidad-precio, en el que la monastrell expresa todo su potencial, un vino carnoso y goloso que invita a beber más.

Llevo leídas en los últimos tiempos unas cuantas obras de Haruki Murakami y mis favoritas siguen siendo las primeras que cayeron en mis manos: “Tokio Blues” y “Kafka en la orilla”. Por otra parte algunas, como “Sputnik, mi amor”, me aburrieron considerablemente.
El lenguaje de Murakami, el mundo –entre real y onírico– que crea en sus novelas y relatos, empieza a resultarme familiar: a pesar de la opinión inicial que tuve del autor japonés después de leer “Tokio blues”, novela más realista e intimista, en otras obras –y parece ser una tónica– introduce elementos fantásticos, casi surrealistas, que desmontan al lector; como pega, tengo la sensación en ciertos momentos, de que abusa de la irrealidad, que todo vale en la trama; mas no es menos cierto que la mezcla de elementos en apariencia absurdos, hasta formar un extraño cóctel, en algunas obras como “Kafka en la orilla”, se consigue un resultado que a este lector le parece cercano a la genialidad.
“La caza del carnero salvaje” es la primera novela de Murakami que se publicó en España, a través de la editorial Anagrama (ahora sus novelas las publica Tusquets), y conjuga los elementos surrealistas antes mencionados de manera un tanto exagerada: el narrador habla en algún momento de la novela sobre los sueños, acerca del desarrollo de los mismos, de la lógica que impera en su interior, y eso se aplica a su narración también. La trama es embrollada, añade demasiados elementos a los que cuesta encontrarle el sentido y, sin embargo, al final, en la última parte de la obra, que se acelera de manera muy habilidosa, todo acaba por encajar… algo, al menos; y le queda al lector una sensación más grata que durante la lectura de gran parte de la misma. Aunque parezca extraño, el autor japonés parece saber, desde la primera página, adonde quería llegar.
Por otra parte, las referencias de Murakami al cine y a la música occidental son constantes, los diálogos son extravagantes, y las réplicas de los personajes dan la sensación de ser parte de un cómic… ¿Por qué digo esto? Pues ni idea, chico. Es lo que me parece.
Es una novela que no recomendaría especialmente a los que no sean grandes aficionados a la obra de Murakami, que tiene trabajos mucho más conseguidos, como los mencionados “Tokio blues” o “Kafka en la orilla”, pero que no deja de ser estimable. Y es que Murakami tiene el listón muy alto, no podemos dejar de admitir que tiene ese “algo” que distingue a los genios y que es apreciado por la crítica y los lectores al mismo tiempo.
Releo de nuevo el post. ¿Tiene sentido? Pues no mucho, la verdad.
Hace unos días se inició la andadura de la revista digital (por ahora) Standdart. Esta publicación está dirigida por Hugo Izarra, un gran amigo amigo mío, y en ella colaboran otras queridas personas-blogueras como son Calamarín o mi primo Sal Duluoz.
Standdart cuenta con su grupo de fans en el feisbuk y del Twitter, mientras que la maquetación corre a cargo del gran Diego Durán.
Desde aquí invito a todos a leer su contenido y disfrutar con la revista, la cual tiene una calidad que, si bien no sorprende a todos debido al interesante elenco de colaboradores que ha juntado el señor Izarra, mejora la de muchos formatos “profesionales”.
Al final de estas líneas, además de los ya mencionado, no quiero olvidarme de los apreciados Lautréamont o Jordi Corominas: el primero de ellos anticipa un homenaje (que se convierte en obituario) a Rohmer y Corominas nos lleva de visita a una Roma diferente.
¡Enhorabuena!


La prosa de Bukowski tiene algo fascinante, que te impide dejar de leer, que te impulsa a continuar, esperando la siguiente barbaridad: el equivalente de un accidente de automóvil que atrapa tu mirada.
“Mujeres”, como muchas otras obras de este escritor, es poco más que una sucesión de anécdotas bizarras pero, como he dicho anteriormente, tiene ese “algo” que obliga a seguir hacia adelante, al igual que hace el propio autor, sabiendo que no lleva a ninguna parte.
Bukowski es uno de los autores auténticamente undergrounds, un autor que se confunde con su personaje, Henry Chinaski, hasta que es imposible separar uno de otro; las novelas de Bukowski son autobiográficas, o así pretende que sean. Es posible que el autor no fuera un personaje tan extremo –en ocasiones despreciable– como refleja en sus obras, pero tampoco importa; Charles Bukowski no sólo no se avergüenza de sus defectos, de su alcoholismo, de sus miserias humanas, sino que las convierte en su principal mérito literario.
Bukowski es un escritor punk, que coge la ortodoxia literaria, se mea en ella y la arroja por la ventana.
Por otra parte Anagrama siempre ha editado a muchos de mis autores favoritos pero no deja de molestar que, en esta traducción de Jorge Berlanga, las páginas estén salpicados con algunos laísmos que hacen chirriar una lectura tremendamente divertida. Hay otros graves errores, como redacciones erróneas de los imperativos, en la disposición de los diálogos, etc… impropios de una editorial como Anagrama, y más en un título clásico como éste el cual, en estos años, podía haber tenido un lavado de cara.
Acojonadito me he quedado con el “trailer” de “Iron Man 2″. Si ya la primera me sorprendió positivamente, esta segunda, al menos por lo visto, promete incidir en las virtudes de su predecesora: el enfoque de Robert Downney Jr, el cínico ideal para este papel, olvidar la continuidad con respecto al comic (el cual ha tenido épocas realmente flojas) y, en general, ese punto humorístico, esa capacidad para reírse del propio héroe, convertido en una celebridad adaptada a los tiempos modernos, tan interesante.
En el fondo el secreto del proyecto “Iron Man” es la acertadísima elección de Robert Downey Jr. para hacer de Tony Stark;a partir de ahí sólo adaptar el resto de componentes a la genialidad y la personalidad del actor. Uno de los grandes bombazos de Marvel en 2009, antes de ser absorbida por Disney.
Aquí dejo el vídeo:
Tenía pendiente pasar por este local de reciente apertura y, aprovechando estos días navideños de semitrabajo, me dejé caer por ahí. “Casa de Comestibles” es un pequeñísimo restaurante (4-5 mesas) que se encuentra muy cerca de la plaza de España, en la calle San José.

El local es agradable, con un diseño que parece imitar un salón de té inglés, con iluminación y colores suaves y en el que afortunadamente no se puede fumar. La carta se veía interesante, con los postres colocados en primer lugar de la misma, lo que llevaba a suponer que no era algo que uno debiera saltarse: se veía la propuesta no muy amplia, pero imagino -por lo que comentan en su blog-, que la rotación de platos será alta. En la mesa colocan, mientras se espera, una mantequilla (de pimentón en nuestro caso) al parecer elaborada por ellos mismos y que tiene su punto.
El problema que nos encontramos fue la atención de la camarera-jefe de sala, me explico: a todos los comensales nos dejó una sensación extraña, fue incapaz de recomendarnos nada porque todo estaba muy bueno, no ayudaba nada en la elección del vino y sus respuestas (rozando la displicencia) le quitaban a uno las ganas de preguntar más. Alguien que está en la sala debe orientar y ayudar a los clientes, cosa que aquí no ocurre.
Por otra parte, algunos detalles están cuidados (cubiertos, platos) y otros, como las copas de vino (que son las mismas que las del agua) hacen que se pierdan las ganas de repetir. Por otra parte, la única cerveza que ofrecen es Estrella Galicia de lata, lo que encuentro inaudito.
De entrantes compartimos unas zamburiñas y unos buñuelos de bacalao desmigado; las zamburiñas destacaron pues tenían un toque de aceite (con pimentón me pareció) ligero y original, pero que venían con algo de arena, lo que era una pena: bastante aceptables y una ración razonable, pero lejos de las que preparan en “La Iebolina”, por ejemplo. Por otra parte los buñuelos de bacalao, que parecían más bien enormes croquetas, estaban también bastante conseguidas.
En los segundos llegamos a las palabras mayores: atún, lubina con aceite de remolacha y steak tartar. Los pescados, de impresión, de las mejores piezas que he visto últimamente; el atún, que venía acompañado de tirabeques, estaba en su punto, rojo por dentro y jugoso, con un grosor estimable y la lubina era una cola sensacional, con el aceite de remolacha que le da un punto dulce que, aunque creo que no aporta demasiado, tampoco desentona. Muy buen producto.
El steak tartar venía con foie, lo que resultaba un tanto excesivo y pesado, pero era más que aceptable.
Los postres también muy destacables: brioche de plátano con helado de cascarilla, más que recomendable, y natillas con castañas, también de calidad.
Sensaciones encontradas al salir de allí. No es un lugar barato -la calidad del producto se paga-, la cocina, sin innovaciones estridentes, es más que notable, los platos salen a un ritmo adecuado a la mesa y, sin embargo… los detalles. Dios está en los detalles, y son éstos los que convierten una buena cena en una experiencia imborrable, y aquí los detalles no se cuidan:no sólo el tema de las copas (¡qué poco cuesta poner una buena copa de vino!) o las cervezas, es la sensación de que la persona que te atiende te está haciendo un favor, que la petición de consejo o las simples preguntas molestan… Es una pena, al menos desde mi punto de vista, que una buena cocina y un gran producto no vayan acompañados de un servicio a la altura.
En relación a lo anterior, hace unos días volví al Alborada, después de unos meses, y la gestión de la sala que tienen allí es una de las cosas que anima a repetir. En cualquier caso, “Casa de comestibles” es un sitio joven y siempre hay errores, cuestiones a mejorar: lo que diferencia a los buenos restauradores es la voluntad de corregir los problemas.
“La Bodeguilla” es una vinoteca-restaurante situada en la calle del Padre Feijoo, zona muy popular para el tapeo-cena. Todos los locales, salvo el “Cienfuegos Lounge” (ya traspasado) han funcionado bien en los últimos años.
Este local tiene dos zonas diferenciadas: una de vinoteca y otra de restaurante, todo decorado con maderas naturales, granito y una interesante cava de obra: un diseño bastante acertado a pesar de la extraña distribución de espacios. “La Bodeguilla” es para mí, de los locales existentes en esta calle, el más interesante, a pesar de su claro bajón. Hablo de bajón a nivel subjetivo: la sensación de que era la mejor vinoteca de la ciudad se ha ido diluyendo, así como la calidad del servicio que, sin ser malo para lo habitual, sí ha ido decayendo. Pero es una apreciación muy personal, basada más en sensaciones que en aspectos concretos. La carta ha evolucionado muy poco en estos años y, siendo adecuada para el restaurante, es un poco menos acertada para la barra y mesas exteriores. La selección de vinos es bastante variada, posiblemente de las más completas por copa en la ciudad, e incluye espumosos por copa, algo poco frecuente.
Foto de mi nube (Bertomeu)
Se nota la profesionalidad de la gente del grupo “El Huerto”, propietarios de este local. ¿Cuál es entonces el problema? Como he dicho antes, es una cuestión personal. Al igual que pasa en “La Barra”, local del mismo grupo, el concepto de negocio es un acierto, así como el planteamiento inicial; sin embargo, a uno le queda la sensación de que, como funciona muy bien, se han dejado ir, que se han acomodado: la carta varía muy poco (o nada), el servicio flojea (mucho más en “La Barra”) y, cuando abrieron, tenían un maitre (asturiano me parece recordar) muy profesional, que llevaba la sala y el trato con el cliente de maravilla. Ese chico hace tiempo que ya no está. Reconozco que hace unos años era un habitual del local y cada vez voy menos.
Eso sí, el local está casi siempre lleno: de gente y de humo, por lo que mi opinión no debe ser muy compartida, pero es que lo del humo en los restaurantes o vinotecas es una cuestión que merece una reflexión profunda. ¿Cómo disfrutar los aromas del vino con gente soltando humo a mi lado? Es bastante difícil. Supongo que dentro de unos años lo veremos como una atrocidad pero a día de hoy, concentrados en el aspecto exclusivamente social, parece que pasamos todo por alto.
El otro día comimos en el restaurante, después de un par de malas experiencias en la zona de la vinoteca, y me reconcilié un tanto con el lugar.
Nos sirvieron de entrante unas anchoas de Santoña que, aunque de porte moderado, estaban muy ricas, así como una ventresca de bonito y tomate (un plato clásico en su carta) que, aunque buena, estaba un pelín demasiado oscura para mi gusto y no tan jugosa como debería (aunque aprobaba).
Con el plato principal una raya a la gallega fuera de carta: un acierto total, una ración suficiente para el pescado con una carne gelatinosa que a mí, con moderación, me encanta. El otro segundo fue el clásico secreto ibérico fileteado: muy sabroso, aunque algo pesado por exceso de grasa (nada extraño en el secreto ibérico) que no recordaba.
En resumen, comida más que aceptable en el restaurante; mejor que en la barra y servicio también muy correcto (camareros diferentes también a los de la zona de vinos). La carta de vinos del restaurante, con algunas referencias un tanto pasadas de precio, es de las más completas de la ciudad.
En resumen, no es un local para nada perfecto, por esa falta de novedad en la comida y el servicio, pero creo que sigue siendo una de las mejores opciones (si no la mejor) para tomar vinos por copas.
He estado unos días en Oporto y, falto de referencias gastronómicas, me dejé guiar por la Guía Michelín del 2007.
En Oporto no aparecía ningún local con Estrella, pero sí uno recomendado como agradable: el “Churrrascao do Mar”, muy cerca del hotel en el que nos alojábamos. La descripción prometía así que allá nos fuimos.
Nos encontramos con un local viejísimo, una especie de casa encantada con diferentes comedores, camareros viejos que arrastraban carritos con las comidas… casi esperabas ver una niña rubia al final del pasillo o algo así: de película de terror.

Pero me dije: seguro que la camida está buena… Pues no. La carta-menú en 4 idiomas ya hacía sospechar una especie de “tourist trap” pero es que los platos…
Servicio lento y malo.
Más allá de la comida me hace dudar sobre la fiabilidad de una guía como la Michelí. Vale que era la de 2007 pero es que este sitio mantiene el diseño y el estilo de 1907: no creo que haya cambiado mucho. ¿Van los inspectores de las guías a los lugares que recomiendan? En Oporto, de otras visitas, recuerdo algún restaurante apreciable.
Un desastre. Lo malo es que no son los únicos que lo dicen. Me suena a broma pero es así.