Restaurante “La Rosa” (Valencia)

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Aprovechando un magnífico día de sol, acudimos a la famosa arrocería “La Rosa”, que se encuentra en el Paseo Marítimo de Valencia, en la playa de las Arenas, en la Malvarrosa. Es éste un entorno mucho más interesante que años atrás, rodeado por las nuevas instalaciones creadas para la America´s Cup, incluyendo el edificio Foredeck diseñado por el famoso arquitecto británico David Chipperfield. ¡Qué lejos quedan los tiempos en que la Malvarrosa era una playa contaminada, abandonada y que era mejor evitar por prudencia, debido al alto nivel de delincuencia que había. Vean ahora:

Tenemos pues que “La Rosa”, se encuentra actualmente en una zona de primer nivel y muy atractiva para el cliente extranjero, que durante los últimos años ha transitado bastante por aquí. Pero una vez dicho esto no me resisto a apuntar que, pase lo que pase con la próxima edición de la America´s Cup, se busque una utilización racional y eficaz de los recursos invertidos en tan importantes instalaciones, y que se siga avanzando en el plan de reforma de la fachada marítima de Valencia, en la que todavía queda mucho por hacer. Y si bien la zona es atractiva, a su alrededor el restaurante tiene otros muchos sin interés alguno, chiringuitos para turistas o viejas glorias, que no aportan nada.

Pero a lo que vamos: centrándonos en el restaurante en cuestión, decir que es una de las arrocerías más populares de la ciudad. Y no defrauda.

La clásica paella valenciana, el arroz abanda o la fideuá están a un alto nivel; suelen estar en su punto de cocción, con el arroz suelto pero no crudo y utilizando el aceite preciso para evitar que quede grasoso. Llevan haciendo esto muchos años y lo hacen bien.

“La Rosa” no es el lugar ideal para una carta de vino con miles de referencias; es un local informal y popular, lleno de comensales valencianos y algunos de fuera, muchos con niños -especialmente los fines de semana-. Es el lugar perfecto para pedir un buen marisco de la zona -muy recomendable la gamba roja de Denia, a pesar del alto precio- y degustar un arroz clásico y bien elaborado.

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“El secreto de Christine” de Benjamin Black

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Este libro del irlandés John Banville, escrito bajo el seudónimo de Benjamin Black, estárá siendo un enorme éxito de crítica y ventas, pero a mí me ha aburrido bastante.

Un autor reconocido como Banville, ganador del Premio Booker, se lanza a escribir novela negra (o se supone), bajo un seudónimo que le otorgue libertad creativa, para crear un libro de género que, aparentemente, trasciende al mismo para convertirse en un clásico inmediato. Esto es lo que ha pasado, o aparentemente creen que ha pasado los críticos que alaban sin cesar esta obra.

Sin embargo, después de leer las casi cuatrocientas páginas, tengo el convencimiento de que lo que tenemos aquí es el sueño de todo editor: un best seller que se puede recubrir de una capita de respetabilidad literaria, pero probablemente es un éxito de ventas inesperado; inesperado porque no parce que el autor esgrima los recursos facilones y traicioneros de los habituales de las estanterías de novedades; creo sinceramente que el autor intenta hacer un libro de género… y produce algo distinto.

Lejos de mí decir que el libro sea malo, pues está magníficamente escrito: las descripciones, las imágenes a las que recurre, son de gran nivel. Sin embargo, creo que Banville no sabe escribir novela negra: no atrapa al lector, ni la trama ni los personajes consiguen despertar mi interés; aparentemente sí han interesado a otros lectores, pero a mí no.

Me recuerda al intento de crear un best-seller por parte de William Faulkner: él produjo Santuario, un clásico universal, demasiado lejos del trabajo de Banville para ser ni comparado. A veces los escritores buscan un éxito comercial, cuestión fácilmente comprensible y éste lo ha logrado; seguro que la próxima novela de Banville se vende muy bien. Pero de ahí a comparar esta novela con los trabajos de Graham Greene, aquellos que él mismo calificaba de “entertainments” media un abismo. Para mí la trama es farragosa y lenta en su avance, los personajes no son nada creíbles y el final es precipitado y ciertamente inverosímil. En fin, bastante floja.

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Restaurante “Ca Sento” (Valencia)

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Es Ca Sento el restaurante más prestigioso en la ciudad de Valencia en la actualidad, y lo ha sido durante los últimos años, en los que ha despegado, gestionado por el hijo del fundador, Raúl Alexandre. Recientemente renovado, aboga por un local llamativo, discutiblemente decorado con troncos pintados en la entrada del mismo y una especie de moqueta peluda en el techo, todo en un espacio reducido.

Era nuestra primera visita al local y optamos, como suele ser aconsejable, por el Menú Degustación: 8 platos por el más que respetable precio de 110 € por comensal. En otras ocasiones, el local estaba siempre lleno; este viernes pasado tuvimos más suerte.

Los platos eran interesantes, muy bien ejecutados… pero no me emocionaron lo más mínimo. A veces la jornada no es, por determinadas circunstancias, memorable, pero el local merece una repetición; así supongo que debe ser con este restaurante, continuamente recomendado. Quedamos igual de satisfechos o más con Torrijos, y a un precio más razonable; hay que señalar que, con el vino, la cena superó los 150 euros por cabeza, que entiendo que es precio elevadísimo que merece una experiencia gastronómica insuperable que aquí no disfrutamos; buenos platos, buena materia prima pero, en los tiempos que corren y con ese precio, eché en falta algo más de imaginación.

El servicio era correcto, pero no impecable; en ocasiones había que bracear en exceso para llamar la atención de los camareros. El trato del vino aceptable nada más, echamos en falta más referencias de los buenos vinos que hay actualmente en la Comunidad Valenciana. Con la calidad uqe se le supone a Ca Sento, uno esperaba bastante más.

Una gran decepción, la verdad. Por este precio y su fama pevia esperaba algo mucho más sorprendente. Supongo que en otra visita le daré otra oportunidad.

Nota: no deja de ser sorprendente ver mesas vacías un viernes por la noche; hace unos meses era imposible reservar.

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Restaurante “Santiago” (Marbella)

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Otro clásico, más bien clasicazo, de la cocina marbellí: el restaurante “Santiago“, situado en pleno paseo marítimo de la ciudad.

Famoso por sus pescados y mariscos, por sus preparaciones sencillas, este restaurante no ofrece más, parece sacado de otra época. Ahora mismo nadie abriría un local de entidad con estos mimbres.

Pero, una vez dicho lo anterior, lo cierto es que la materia prima es de primerísima calidad y todo está bien preparado. Aún así, cuesta justificar el 8,5 con el que le puntúa la guía Gourmetour, cuesta mucho colocarlo al mismo nivel que el Calima, es una barbaridad; lo mismo pasa con el restaurante Cipriano en Banús, del que hablaremos en otra ocasión: excesiva puntuación.

Pero “Santiago” realmente merece una visita, y tengo que reconocer que la nuestra fue muy breve, sin tomar postre ni vino, a pesar de la gran fama de la bodega del local. El domingo, junto a una clientela eminentemente española, disfrutamos de unas excepcionales gambas rojas que, aunque supongo que no eran de la zona -son más propias de Denia o Ibiza-, estaban realmente bien escogidas y preparadas. Después optamos por los pescados: un pez espada con brócoli y un sargo a la plancha. Realmente sabrosos ambos, especialmente el sargo, de lo mejor que he tomado en los últimos meses.

Resumen: Comida ligera en un restaurante tradicional, gozando con un magnífico día de enero en Marbella, a orillas del mar.

Mantengo que su puntuación en alguna guía es muy alta, fundamentalmente por la falta de innovación y originalidad. Pero no hay ningún problema si sabemos a lo que jugamos. Y ellos lo tienen claro.

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“Los crímenes de Oxford”

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“Los crímenes de Oxford”, la nueva película de Álex de la Iglesia, decepciona. Y decepciona, en mi opinón, porque el material de partida es malo.

El guión es una adaptación de la novela de Guillermo Martínez que, demostrando grandes conocimientos matemáticos, urde una farragosa trama, irreal e inverosímil. Sin ser una mala historia, porque atrapa la atención del lector, es demasiado artificiosa. Tampoco ayudan nada los diálogos, que son un tanto estúpidos y poco creíbles en ocasiones; ahí sí debían haber estado más duchos los responsables de adaptar la novela.

Sin embargo, a pesar de lo anterior, Álex de la Iglesia, que tiene ya bastante oficio,hace un buen trabajo, manteniendo un buen ritmo a lo largo de todo el metraje y regalándonos algunas secuencias de alta calidad, como aquella al principio del filme en la que la “steadycam” va siguiendo a un personaje, hasta que se cruza con otro y sigue a éste nuevo; así hasta que nos presenta a todos los caracteres relevantes de la obra, así como el escenario en que se mueven: realmente brillante. Por otra parte, la escena del autobús, aunque tramposa, es también habilidosa.

En fin, una relativa decepción en la trayectoria de Álex de la Iglesia. Podrá ser un éxito de público internacional, ya que el reparto ayuda mucho, así como una estética y un enfoque muy americano, pero qué lejos está de su fantástico debut “El día de la bestia” o de la negrísima comedia “La Comunidad, o incluso de “Perdita Durango”, con sus grandes dosis de mala uva. En mi opinión, un buen trabajo, viciado desde su origen por una regular elección del material original.

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Restaurante “Taro Guadalpín” (Marbella, Málaga)

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Retomo el blog, después de días de injustificada actividad, para alabar las virtudes del Maestro Kikuchi en el Taro de Marbella.

El restaurante Taro se encuentra en el hotel Guadalpín, en la avenida principal, que cruza la ciudad y lleva hasta Puero Banús. El hotel tiene un estilo un tanto lujoso y recargado, muy en la línea de Marbella y allí, Kikuchi intenta desarrolllar su actividad con su característico buen hacer, sin las presiones de un local propio. Digo esto porque el restaurante está prácticamente vacío la mayor parte de las noches -lo digo después de visitarl durante cuatro años-, pero al ser un servicio que da el hotel se puede permitir una ocupación escasísima, que garantizaría su cierre si fuera independiente, como ocurría con el antiguo Taro de Madrid. Todo esto a pesar de que, en mi opinión, estamos ante el mejor restaurante japonés de la ciudad, mejor que el Sakura o el del hotel Westin La Quinta.

El Taro actual mantiene una carta casi invariable, con predominancia del sushi y el sashimi, aunque pueden encontrarse otros platos japoneses.

Kikuchi suele trabajar con unos aperitivos, basados en rollitos de algas, atún con sésamo y salmón con soja, todo ello cocinado. Como entrante una clásica sopa de Miso, con champiñones japoneses, perfecta.

Hay en la carta varios platos con teriyaki, que no me entusiasman, no por su elaboración sino porque están cocinados; siempre los he encontrado un tanto orientados al cliente americano, sin saber si es eso cierto. Sí me quedo con la fantástica tempura, especialmente de langostinos, una de las mejores que he probado. El sushi y el sashimi es de gran calidad, como lo es el pescado que utiliza: lonchas gruesas, magníficamente escogidas y cortadas, sin estar frías. Especialmente destacables son las preparaciones con salmón y ventresca de atún.

Dentro de los rollos o maki sushi y los niguiri sushi, la única apreciación es que a la preparación con arroz a veces le falta algo de consistencia, pero son de los mejores que pueden probarse; no llegan a la excelencia del Kabuki en Madrid, pero son muy buenos. Nada que ver con la oferta de comida japonesa que tenemos en Galicia, de la que hablaremos en otra ocasión.

Los postres del Taro son fieles a su concepción, sencillos y elegantes: originales helados de sésamo, té verde (más habitual) o mandarina. Para cerrar la velada, un ardiente té verde sin azúcar, magnífico para la digestión y sin apenas teína.

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