Dentro de la ruta perdiguera en la que se ha convertido el devenir de nuestra vida, nos encontramos ayer martes ante el restaurante Taro, en el hotel Guadalpín de Marbella, y teníamos la intención de cenar ese sushi del maestro Kikuchi que quita el sentido, de darle un merecido homenaje a nuestro querido amigo el anisakis. Pero cual sería nuestra sorpresa al descubrir que el Taro cierra ahora los martes y no los lunes como hasta ahora… Nos vimos atrapados en un dilema: ¿Qué hacer?

En el mismo hotel está otro prestigioso restaurante, un tanto engolado, el Mesana. Era uno de los pocos locales de Marbella que tenía una estrella Michelín, estrella que le retiraron en la última edición, me parece. Decidimos, ante la hora avanzada de la noche, no vagar entre las otras opciones japonesas del panorama gastronómico marbellí y atrevernos con el pijismo local del Mesana.

El local es un tanto recargado en su decoración, con moquetones estampados y dorados en las puertas, muy en la línea del hotel, pero era agradable. Después de las apreturas sufridas en el Goizeko el sábado, se valoran los espacios amplios de los que disfrutamos aquí.

El trato del servicio es curioso: un tanto distante al principio, excesivamente cercano y conversador al final. No puedo decir que me desagradara, pero me llamó la atención que al llegar nos ofrrecieran una copa de champán (Taittinger), aclarando que era por cuenta de la casa. No sé si calificarlo de buen detalle o empezarme a preocupar por dar la impresión de que no soy capaz de pagar la cuenta del restaurante.

Con el champán nos sacaron a la mesa unos snacks de la casa interesantes (especialmente la croqueta de berenjena y el sandwich de plátano), un formato -estos snacks- que sólo recordaba en Hacienda Benzuza. Con ritmo pausado sacaron un aperitivo (una interesante deconstrucción del pan tomaca con jamón) mientras pedíamos los platos y el vino (un AALTO 2004 que no coincidía con la referencia de la carta, la cual exhibía unos precios un tanto hinchados). Se complementa todo con una buena selección de panes y una carta de aguas premium.

De entrante pedimos un ajoblanco con espuma y setas (muy aparente y bastante efectivo, aunque la espuma no me decía demasiado) y unas verduras salteadas que, aunque no pasarán a la historia de la cocina, estaban perfectamente seleccionadas, cocinadas y con una presentación espectacular.

Los platos principales fueron unos canelones de foie y helado (correctos) y un bacalao con alioli excesivamente salado (de sabor bastante conocido), no hasta el punto de devolverlo a cocina pero casi. No nos dejaron contentos, y más teniendo en cuenta el precio que tienen los platos.

Nos saltamos el postre y nos concentramos en el carrito de los quesos que, aquí sí, estuvieron a la altura prevista, tanto en la selección como en la presentación; memorables fueron el Munster, el Pont L´Eveque o una torta de oveja La Pastora que no conocía y me soprendió gratamente.

En fin, un buen remate de la cena, pero nos queda la sensación de que pagamos un precio insultantemente alto para la calidad obtenida, que es bastante buena, pero muy muy lejos del Calima, similar en la factura a pagar, del que ya se opinó en este blog en su momento.

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