(foto de marseoane)

Con el Playa Club me ocurre una cosa curiosa:como muy bien pero me cansa. Y me ha cansado en 4 ó 5 visitas, lo que es bien poco. Los problemas son, en mi opinión, dos: una carta muy escasa y que ésta apenas varía; hacía un año desde mi última visita y me pareció encontrar más de lo mismo. Todo muy bueno, pero los platos de siempre.

De primero nos inclinamos por los famosos langostinos crujientes con compota de mango -sabrosos y abundantes, para todos los públicos-, también pedimos los huevos escalfados con patata y crujiente de chorizo -otro acierto seguro- y, por último, una novedad para mí:el lubrigante asado con naranja y coliflor, que consistía en varias piezas pequeñas y peladas de este marisco -casi un poco frías-, bien contrastadas con una suerte de salsa de naranja muy conseguida que era la única aportación original. Este lubrigante no estaba mal, pero está mucho mejor con un preparación clásica tipo El Refugio que con inventos un tanto forzados. Sin querer ser fundamentalista, diré que los langostinos o los huevos son elecciones mucho más adecuadas.

Los platos principales fueron un mero con chalota, puré de olivas negras y ajetes bastante bueno, basado en una buena pieza de mero (o lubina en función del mercado) y unos ajetes riquísimos (“No sé qué tendrán los ajetes, que cada día me gustan más”); unas carrilleras de ternera, otro de los sospechosos habituales del restaurante, sabrosas y muy bien preparadas, aunque un tanto pesada para la cena y nada sorprendentes, aunque a todo el mundo le gustan; y, por último, su humilde servidor se decantó por la merluza con berberechos y tirabeques: el mejor plato de la noche, con una fantástica merluza, apoyada sobre una cama de tirabeques que, si no se hubieran terminado, seguiría comiéndolos (¡Qué cosa más buena!) y un caldito que no recuerdo de qué estaba compuesto. Sólo me sobraron los berberechos, que no aportaban nada al conjunto.

El servicio es bueno, pero no hay un cuidado especial. Uno no se siente bien atendido… ni mal. Estándar.

La carta de vinos tiene bastantes referencias y el vino escogido fue un absoluto acierto: el AALTO 2004 de Mariano García, que está en su punto; es un vino moderno que no necesita envejecer más, éste es el momento adecuado para este Ribera del Duero: superior y con un precio demasiado bajo, muy cercano a su cotización actual en bodega. Me siento un poco como Jim Cramer pero… ¡Comprar, hay que comprar!

Y por último el postre: una crema de chocolate blanco servida en una copa con una mermelada de naranja ligeramente amarga por encima y una especie de galleta triturada al fondo de la misma: un postre bastante conseguido, no muy sutil en los sabores pero muy rico y potente (uno fue suficiente para los cuatro comensales).

En fin, echo en falta más innovación, aunque la merluza, el lubrigante y el postre eran novedosos, pero la sensación es que la carta es muy escasa, poco dinámica y que no convierten la cena en una ocasión especial. Y después de lo anterior, declaro que es uno de los mejores restaurantes de la ciudad, perfectamente ubicado y con unas vistas sensacionales sobre la playa de Riazor.

Discúlpenme por insistir con el vino, pero el AALTO 2004 es de lo mejor en relación calidad-precio de mis últimas incursiones… Lo dice hasta Robert Parker.

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