Trainspotting” se ha convertido, con el paso de los años, en un mito de la contracultura, tanto por el texto, como por la adaptación cinematográfica que supuso el primer éxito de Danny Boyle y Ewan McGregor, así como por el Born Slippy (tema principal de la película) compuesto y cantado por “Underworld” -auténtico himno de mediados de los años´90-.

La novela se lo merece: es absolutamente rompedora en lo formal, con una utilización de muchos puntos de vista diferentes, así como estilos, con la armonía que les da a todos pertenecer al mismo estrato social. Es un reflejo vigoroso y descarnado del mundo de la droga, de la adicción al caballo. Y es sin embargo esto último, que es inicialmente lo más característico, una excusa para mostrarnos la vida desgraciada, vacía y desvalorizada de una clase social baja, bajísima; muestra de una Escocia decadente, tanto individualmente como al ser parte del Reino Unido. Sinceramente, lo que vemos está muy lejos de un país próspero, lejos de la imagen que los turistas nos llevamos de Edimburgo.

Los protagonistas no son héroes, son ladronzuelos, drogadictos, miserables y acomplejados, rodeados de muerte, droga y desesperación y, sin embargo, están dotados de un sentido del humor ácido y cruel. Cuando lees sus historias no puedes culparles por engancharse al caballo.

La novela es dura, pero también divertidísima, ágil y con momentos memorables. Un clásico moderno. “Trainspotting” constituye, junto al “Yonqui” de William Burroughs, uno de los mejores retratos de la droga. Para Burroughs: “La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para aumentar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir”. Y esta máxima la aplican a tope los chicos de Edimburgo que protagonizan la novela de Welsh.

Recomendable también la película y su banda sonora.

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