
Impresionante de verdad la novela de Cormac McCarthy “No es país para viejos” (No country for old men), llevada al cine por los hermanos Cohen el pasado año. Reconozco que no he visto la película todavía pero el material de partida es inmejorable.
Aparentemente, McCarthy es un fenómeno literario en los Estados Unidos -ganador del Premio Pulitzer- y varias de sus novelas van a ser llevadas también a la gran pantalla. En la portada interior de mi edición de la novela el amigo Harold Bloom lo compara con Faulkner o Melville. No sé si tanto, pero lo que es cierto es que estamos ante un escritor con mayúsculas, un autor imprescindible.

Sí hay ciertas semejanzas con William Faulkner desde el punto de vista estilístico, a pesar de que no recurre nunca al stream of consciousness del célebre autor sureño, pero su economía de medios, su recurso a las pinceladas sin explicar al detalle lo que ocurre, el dejar al lector que interprete su literatura austera, sí recuerdan a Faulkner, aunque parece ser que sus primeras novelas van más en la línea del autor de “El ruido y la Furia”, ya que llegaron incluso entonces a tener el mismo editor. A pesar de lo anterior, “No es país para viejos” puede decirse que es un thriller, ambientado en 1980, en esa época oscura para los Estados Unidos después del regreso de la guerra de Vietnam. Los personajes viven sumidos en una especie de desesperación existencial, buscando luchar por el bien e incapaces en ocasiones de distinguirlo.
Técnicamente, McCarthy es fino, aunque el lector lo encuentre demasiado económico. Sinceramente, después de todo lo que he despotricado sobre la manera de puntuar (o de no puntuar) de José Saramago, no puedo alabar la estructura de los diálogos de McCarthy, pero se siguen relativamente bien. El autor utiliza un narrador en tercera persona desde un punto de vista equisciente la mayor parte de la novela, distribuyéndose entre las acciones de tres personajes distintos (el sheriff Bell, el antihéroe Moss y el asesino Chigurgh), en un estilo muy cinematográfico. Sólo al inicio de cada capítulo, altera el estilo para utilizar la narración en primera persona, de un personaje localizado en el futuro, como si contara una historia ya pasada. Sabemos lo que saben los protagonistas, e incluso menos que ellos, ya que de Chigurgh sabemos por sus actos y sus palabras.
La novela es extremadamente ágil y entretenida. Las reflexiones de los protagonistas son interesantes y la actitud de Chigurgh es extraña, fascinante e incluso comprensible; compone personajes complejos con trazos gruesos. Y la forma que tiene de saltarse lo evidente en el desenlace es simplemente genial: un cambio de vista y un salto en el tiempo que despista pero atrapa todavía más.
Tengo ganas de leer más de este autor. Muy recomendable.






