La vinoteca “Entre Copas”es el nuevo local abierto por Pablo Gallego en la ciudad, a escasos metros de su restaurante original. Lleva pocos días abierto… y se nota.
Lo primero que sorprende al llegar a la calle Capitán Troncoso, es la buena solución para la entrada del local: una buena y sencilla iluminación, dos macetas retroiluminadas y un toldo blanco; este planteamiento se aleja al menos de la decoración imperante en muchos de los locales abiertos en la ciudad en los últimos años, con ese estilo neobarroco que ya cansa. La entrada soprende también positivamente, ya que la barra en corian, paredes acristaladas pintadas de blanco y referencias constantes al vino, a sus variedades e incluso citas (de personajes famosos o históricos sobre este producto (aunque esto es lo más tonto y alguna de las frases son poco afortunadas) predisponen el ánimo a una buena jornada: a esperar que el zumo fermentado de la vid sea el auténtico protagonista, que se le cuide, que se le mime… pero nada más lejos de la realidad: todo se queda en el nombre y en la apariencia, al menos por ahora.

Llegamos y ojeamos la carta de vinos: muy completa pero hay cosas que chirrían (no se puede poner en la carta “Alión” (Vega Sicilia) aunque sean de la misma empresa, no son el mismo vino ni la misma marca). Mal comienzo que se alarga cuando vemos que los cuatro camareros y el propio Pablo Gallego no dan abasto con el local; esperamos un rato a que alguien se decida a servirnos algo y, pesar de ser una vinoteca que habla del vino en todas sus paredes, la oferta se reduce, en vino por copas, a un Rioja (Beronia), a un Ribera del Duero (López-Cristóbal 2005) y a un Mencía que no recuerdo. ¡Pobre oferta, vive Dios! De hecho, para las botellas abiertas no hay una nevera propia, sino que se guarda en el montacargas que comunica con la cava, situada en una especia de entreplanta… Extraña solución y, ante la espera y el exceso de gente me voy cabreando (uno es débil) y empiezo a ver defectos de diseño en el local: no se pensó en un espacio cerrado para el cubo de basura, que está a la vista de la barra; las mesas y taburetes son de un cutre laminado imitando madera…
En fin, que me puse negativo.
Y la comida no ayudó: croquetas, mejillones en escabeche blanco y queso manchego; nada complicado pues sólo queríamos acompañar el vino… y tampoco: los mejillones eran pequeños y me dijeron entre poco y nada; el queso nada del otro mundo y las croquetas bastante flojas (hubo que reclamarlas porque se habían perdido en la comanda).
¡Una pena, vaya! Entré con mucha ilusión pero salí absolutamente desencantado. Una vinoteca mal diseñada, aparente pero con una barra y mobiliario mal estudiado, el arquitecto ha hecho lo que ha querido y se nota, sin preocuparse del trabajo diario. Sé que los primeros días en un local son muy difíciles, pero hay muchísimo que mejorar . Aclaro que considero a Pablo Gallego como un restaurador muy profesional, siendo buena muestra de ello que está en la sala fajándose estos primeros días.
ACTUALIZACIÓN 8/06/09: Volví hace unos días y la oferta de vinos por copas era mucho más amplia, e interesante; estaba colocada en una pizarra, detrás de la cual estaban las botellas abiertas en un armario refrigerado y/o montacargas; cuestión que a día de hoy sigo sin tener clara. Es de justicia reconocer la mejora.





