Es esta novela uno de los clásicos de Patricia Highsmith, una de las grandes novelas de género negro. O tal vez algo más, ya que su adaptación al cine por Alfred Hitchcock la convierte también en una pieza imprescindible del séptimo arte.

No sé si se puede llamar novela negra ya que aquí el culpable del crimen está claro desde el principio; lo importante, en lo que se centra la autora norteamericana es en las motivaciones de un asesinato en apariencia absurdo, injustificado, pero que los autores nos justifican. De Highsmith se dice que es una novelista inquietante, y lo es por esto mismo: por hacer creíbles, comprensibles, los más horribles crímenes, por meternos en el alma del asesino y enseñarnos que algo de él hay en todos nosotros; el asesino no es una bestia, es uno de nosotros y, en algún momento, todos podemos pensar y actuar de esa manera.

Es una gran novela, aunque no me ha fascinado ni de lejos tanto como lo hizo “El talento de Mr. Ripley”, pues “Extraños en un tren” no sorprende tanto en la actualidad; los personajes son muy conocidos ya, son parte de la cultura popular y se carece de un cierto elemento de sorpresa; aun así, la profundidas psicológica de los personajes es impresionante y transmite una pobreza de valores por parte del género humano llamativa; ni siquiera se salva la mujer del protagonista, el único personaje con un corazón puro pero egoísta, pues sólo le importa su felicidad sin preocuparle la verdad. Sorpredente o simplemente curioso que en ambas novelas los villanos-protagonistas (Tom Ripley y Charles Bruno) son homosexuales frustrados, con un objeto de deseo masculino al que arrastran a la ruina.

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