No son los Sanfermines los mejores días para hacer un análisis de la magnífica gastronomía pamplonica, pero teniendo en cuenta que fueron los días que me tocaron vivir, intentaré transmitir mis impresiones.

Hay dos restaurantes prestigiosos en Pamplona, el Europa y el Alhambra. Y ambos, de aquella manera, visitamos.

El Alhambra es un restaurante de postín en el centro histórico de la ciudad, con una carta muy propia del norte de España, basada en carnes y verduras, que se preveía contundente. Y a fe que no defraudó. Un aperitivo consistente en una copita de melón con jamón, curiosa y sabrosa, pero poco novedosa.

Aquí el amigo se inclinó por unas pochas como entrante, pero pochas verdes, tiernas, cocinadas con verduras y sin carne: una auténtica exquisitez, potencia en su punto justo. También probé el sensacional huevo escalfado a baja temperatura con trufa negra y crujiente de puerros en tempura: un plato muy resultón y de larga denominación, que confirma el renovado vigor con el que el huevo vuelve a estar de moda en la cocina patria. No me canso de los huevos pochados, escalfados… o como quieran.

Como plato principal, después de varias botellas de Taittinger que me tenían un poquito acá un poquito allá, me incliné por una manitas de cerdo deshuesadas, a las cuales ya llegué con la luz de reserva: una exquisitez que desgraciadamente no pude apreciar como se merecía.

Criticable la escasa oferta de ginebras para rematar la comida que, por otra parte, se vio amenizada por las canciones del habitual grupo de mariachis, a las que se sumaron los hermanos dueños del local.

Nota: ¡atención a un grupo de calagurritanos sanfermineros, que tienen una querencia especial a sentarse en la mesa que no tienen reservada!

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