En la Puerta de Aires, en plena Ciudad Vieja, está el Restaurante Gaioso.
Ya había acudido en varias ocasiones, tanto al restaurante como a la taberna del mismo nombre en la Plaza de España. A la taberna hace años que no voy, pues el servicio siempre fue extremadamente lento; por contra el restaurante siempre me ha dejado una grata impresión. Es un sitio que se sitúa a medio camino entre la cocina de autor y la cocina de producto.
El Gaioso es un local tranquilo y con una decoración muy acertada, algo minimalista pero con toques de elementos naturales como la madera y la piedra que aportan calidez al conjunto. La iluminación delicada también ayuda a que el pequeño espacio gane en encanto. Es un restaurante pequeño que no debe tener más de 8 mesas, por lo que es aconsejable reservar: si bien en esta última visita había alguna mesa libre por las noches suele estar lleno.
El último día compartimos un par de entrantes para la mesa: unas zamburiñas gratinadas con una musielina de cebollas y unos raviolis frescos rellenos de nuez y ricota con Roncal azul y con parmesano de Arzúa. Un punto destacable y agradable es que permiten pedir medias raciones, a un precio muy contenido.
Las zamburiñas estaban realmente conseguidas: no hablamos de piezas como las de la Iebolina; aquí la salsa enmascara parte del encanto del marisco, pero es un plato muy sabroso. Notable.
Los raviolis eran un plato contundente; no sé si la pasta la hacen ellos o la compran (supongo que lo segundo) pero el conjunto de salsas y el parmesano de Arzúa (sí, es lo que pone en la Carta) es un tanto falto de finura aunque rico. No hay queja pero no pasará a la historia.
Para los segundos nos inclinamos por un Sanmartiño y un solomillo. El Sanmartiño (pescado blanco muy utilizado por los cocineros por su neutralidad y consistencia) estaba fuera de carta, y venía acompañado por un ravioli de pulpo (más bien tiras de pulpo que formaban una bolsa rellena de txangurro. El pescado tenía buen porte y la pieza estaba bien cocinada, pero la mezcla de sabores no aportabada nada; el pulpo con el txangurro era demasiado pesado y no ligaba con el pescado. Un plato un tanto desafortunado.
El otro plato fue un solomillo, tambien fuera de carta, con patatas panaderas y pimento. Un plato clásico pero que, en opinión del comensal, era uno de los mejores solomillos que había comido en la ciudad: una afirmación atrevida, sin duda.
No fue ésta la más satisfactoria de mis visitas, pero el Gaioso bien merece una nueva inspección; la voluntad de soprender por parte de los hermanos Gaioso es digna de elogio, así como el buen gusto que desprende el local que, si bien no tiene un equipo en sala de alto nivel, tampoco tiene precios abusivos: es un concepto que está orientado por y para gente joven, con ganas de huir de los habituales Casa Pardo, Playa Club y demás, o así lo entiendo yo, que me embalo y no sé adónde voy a parar. De todas formas, después de bastante tiempo sin dejarme caer por aquí, creía que el local habría dado un salto de calidad hacia adelante, pero me temo que no ha sido así. En cualquier caso, un sitio apreciable y que no defrauda.
Es una carencia importante del comentario el no haber podido disfrutar de su carta de vinos, pues ya dijo Arguiñano que dónde se ha visto comer sin pan ni vino.



