Otros vinos

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En las últimas semanas me he sumido en un frenesí dionisíaco que me ha hecho probar vinos de manera compulsiva. Los más destacados en mi bárbara opinión:

Pittacum Aurea 2006: O como cargarse un mencía del Bierzo

O tuve mala suerte con la botella o este vino es un pestiño importante, y más si tenemos en cuenta su precio. Da la sensación de que, en lugar de un vino del Bierzo han intentado conseguir un Ribera del Duero. La madera demasiado presente, algo exagerado, y la acidez escasa: como diría el gran Mariano parece que venga de un aserradero en lugar de una bodega. Demasiado alcohólico en nariz y con un punto amargo en boca, con los taninos demasiado presentes. Excesivamente potente, ¿un vino parkerizado?

Sinceramente, con la fama de la que venía precedido este vino me llevé una gran desilusión. Tanto que me hace pensar si tuve mala suerte con la botella, como he dicho más arriba, o tal vez lo bebí con una comida inadecuada.

Regoa 2007: Mi reencuentro con la Ribeira Sacra

Tenía ganas de probar este ribeira sacara del que tan buenas referencias tenía a través de Mileurismo Gourmet (al que le robo hasta la foto) y que no me defraudó lo más mínimo. Con la acidez justa, un vino ligero, suculento y fácil de beber para el que, al contrario de lo que piense Mariano (aunque seguro tiene razón), creo que no hace falta esperar.

Una botella que voló en la mesa y que gustó algo menos a mi señora, entregada ya a los placeres de malbecs, carmeneres y monastrelles varias, pero que en mi opinión es un valor magnífico, con una magnífica relación calidad-precio.

Barón de Gurpegui 2004 Gran Reserva: O como ir a Chile a crear un gran vino

Un coupage de carmenere, cabernet-sauvignon, syrah y cabernet franc, con un carácter distinto al habitual entre los vinos del nuevo mundo: aquí hay más técnica y menos expresión del carácter típico de los vinos del nuevo mundo. Es un vino muy interesante en nariz, con aromas a chocolate y grosellas, con bastante fruta y una madera bastante dominada; en boca es, quizá, excesivamente fino, sin demasiada persistencia y poca astringencia. Me ha parecido, a pesar de algunas críticas, un vino fantástico, quizá no demasiado complejo, no intelectual pero conseguidísimo y en su justo momento de consumo.

Si tuviera que buscar una equivalencia en un vino español diría que es como un Gran Fontal 2004: vino de enólogo, muy profesional, buena materia prima y en su momento perfecto para consumir, alejado de los populares vinos de pago.

Todavía mejor al día siguiente a descorcharlo.

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“Arte” de Yasmina Reza

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También, durante mi último fin de semana en Madrid, me dejé caer por el teatro para ver la nueva versión del famoso texto de Yasmina Reza: “Arte”.

Recuerdo “Arte” con gran cariño, ya que hace unos diez años acudí a una de las representaciones de la versión de Flotats, triunfadora en los Max de aquel año. Desde entonces ha habido otras reinterpretaciones del texto original, protagonizadas por Ricardo Darín (actualmente representada en Buenos Aires), Luis Merlo o la que nos ocupa: la de Enrique San Francisco.

Son un fan de Quique San Francisco, de su trabajo y de su descaro vital -aunque a veces se haya pasado de vueltas-, por lo que acudí con mucho interés.

El texto se mantiene más o menos como lo recuerdo, no hay grandes variaciones; sin embargo, a pesar de un Enrique San Francisco que fuma en escena y es más él mismo que nunca, y de un sorprendente Javier Martín, la obra no me impactó tanto como la anterior; es muy correcta, divertida y se la recomiendo a todos, pero no tiene la genialidad del montaje, la precisa iluminación minimalista de la de Flotats. O a lo mejor es sólo la falta de novedad.

En cualquier caso el teatro, en un sábado con doble sesión, a reventar.

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“100 balas” de Azzarello y Risso

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Estoy enganchado al comic “100 balas”. Me encanta el planteamiento de serie negra, los guiones de Brian Azzarello -con un gran manejo de la trama principal, subtramas e historias independientes- y la precisión narrativa del argentino Eduardo Risso. Uno de mis cómics favoritos.

Y me fascinan las portadas de Dave Johnson:

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Restaurante “El Salero” (La Coruña)

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Era este “El Salero” un restaurante al que tenía ganas de ir: siempre me habían hablado bien de él y, por unas cosas u otras, nunca había acudido. Unos apuntes rápidos:

El local está en Zalaeta, en la llamada Plaza de la Lupa, un poco escondido, la verdad, y alejado de otros restaurantes; es tan discreto que, desde fuera, cuesta saber si está abierto o cerrado. A la entrada del local, de dos alturas, está la cafetería y el comedor se ubica en la entreplanta. La decoración es un tanto anodina.

La carta es bastante corta, aunque parece ser que hay bastante rotación de platos, lo cuales  eran bastante sugerentes. Nos inclinamos por compartir unos saquitos de wanton con pollo y setas, de sabores gratificantes y fáciles, como entrante.

Para los principales me decidí por el confit de pato, acompañado con lo que parecía pera y salsa de zanahoria; el confit de pato estaba crujiente y jugoso, muy conseguido, sin ser sabores demasiado novedosos la ejecución la encontré más que correcta. Mi acompañante se decidió por el pulpo a la brasa, elaborado también de manera impecable, churruscadito sin estar seco.

El postre fue el cremoso de chocolate blanco, también muy recomendable, dotado de consistencia, como si fuera una bola de helado.

Lo mejor de todo es que la visita tuvo un precio más que contenido, aunque hay que tener en cuenta que no tomamos vino. La relación calidad-precio de “El salero” me pareció más que notable. Como nota negativa sólo decir que la chica que atendía el comedor iba un poco justa ella sola y que el local se veía un tanto desangelado, tanto por decoración como por escasa afluencia de público, lo que llama la atención teniendo en cuenta la mencionada RCP y que la oferta de platos es bastante interesante.

Es un lugar que bien vale una visita y que invita a reflexionar sobre los usos de los consumidores, que abarrotan locales con calidad mucho más reducida y precios más elevados.

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Restaurante “Sant Celoni” (Madrid)

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Hacía varios años que no había ido a “Sant Celoni” y, aprovechando un viaje de última hora a Madrid, decidí que era momento de intentar dejarme caer por ahí. No tenía muchas esperanzas de encontrar mesas pero, curiosamente, había sitio.

El local, dentro del hotel Hesperia, obliga a bajar unas escaleras, pero es un sitio muy amplio, con un par de jardines interiores y un diseño cuidado: sobrio pero elegante.

Esta vez, debido a la hora y al cansancio acumulado, no llegamos con energía para un menú, por lo que nos decidimos con dos platos cada uno, buscando que la cena no fuera excesivamente larga; debo decir que no fue así pues, el servicio, aunque atento, no iba muy sobrado para atender todas las mesas y los platos se hacían esperar bastante: tardamos más de tres horas para cenar, lo que es demasiado largo, en mi opinión.

De aperitivo se nos sirvieron unos snacks, entretenimientos y mezcla de sabores curiosos. Después un par de aperitivos: unas lentejas sorprendentemente tradicionales y una ensalada de pasta, que consistía en un macarrón con verduras en su interior, preparación inversa para sabores conocidos. Lo acompañamos con unas copitas de Taittinger, un gran champagne que nunca defrauda.

Como entrantes nos decidimos por una menestra de verduras y el canelón de trufa negra con cebolla. La menestra tenía, como añadido, una especie de carpaccio de algún crustáceo. El canelón de trufa fue, en mi opinión, el mejor plato de la noche: la pasta muy fina y perfecta de punto y textura, la trufa negra y la cebolla creaban unas sensaciones realmente interesantes.

Los platos principales fueron la becada y los salmonetes con huevos rotos y migas. La becada, servida con la cabeza del animal troceada, daba un poquito de grima y no gustó en la mesa: las aves de caza siempre son peculiares.  Los salmonetes, por contra, perfectamente desespinados, eran unos lomos sensacionales, aunque la combinación de sabores no era demasiado impactante: un gran plato, pero…

Plato de quesos al final: el carro de los mismos, que es en realidad una mesa que trasladan los camareros, es realmente impresionante, y la calidad de la elección que hizo el encargado fue realmente notable: aunque la selección que preparan es diferente para cada mesa, aunque los principios que se siguen son similares. Un surtido muy impresionante, al nivel de los mejores restaurantes en este sentido.

En los vinos nos acabamos decidiendo por un Pujanza Norte 2006, un rioja muy moderno, con la fruta muy presente y sin exceso de madera, con un toque muy mineral y que fue ganando jerarquía conforme avanzaba la mesa. No lo considero mi tipo de vino pero es de extraordinaria calidad.

¿Sensaciones? Decepción. Esta vez no nos inclinamos por algún menú, como en ocasiones pasadas, pero la satisfacción es muy moderada y, si tenemos en cuenta los altísimos precios, pues esa satisfacción desaparece y casi, casi, diría que no me han quedado ganas de volver. Aunque suene un poco extremo.

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