Hacía varios años que no había ido a “Sant Celoni” y, aprovechando un viaje de última hora a Madrid, decidí que era momento de intentar dejarme caer por ahí. No tenía muchas esperanzas de encontrar mesas pero, curiosamente, había sitio.
El local, dentro del hotel Hesperia, obliga a bajar unas escaleras, pero es un sitio muy amplio, con un par de jardines interiores y un diseño cuidado: sobrio pero elegante.
Esta vez, debido a la hora y al cansancio acumulado, no llegamos con energía para un menú, por lo que nos decidimos con dos platos cada uno, buscando que la cena no fuera excesivamente larga; debo decir que no fue así pues, el servicio, aunque atento, no iba muy sobrado para atender todas las mesas y los platos se hacían esperar bastante: tardamos más de tres horas para cenar, lo que es demasiado largo, en mi opinión.

De aperitivo se nos sirvieron unos snacks, entretenimientos y mezcla de sabores curiosos. Después un par de aperitivos: unas lentejas sorprendentemente tradicionales y una ensalada de pasta, que consistía en un macarrón con verduras en su interior, preparación inversa para sabores conocidos. Lo acompañamos con unas copitas de Taittinger, un gran champagne que nunca defrauda.

Como entrantes nos decidimos por una menestra de verduras y el canelón de trufa negra con cebolla. La menestra tenía, como añadido, una especie de carpaccio de algún crustáceo. El canelón de trufa fue, en mi opinión, el mejor plato de la noche: la pasta muy fina y perfecta de punto y textura, la trufa negra y la cebolla creaban unas sensaciones realmente interesantes.
Los platos principales fueron la becada y los salmonetes con huevos rotos y migas. La becada, servida con la cabeza del animal troceada, daba un poquito de grima y no gustó en la mesa: las aves de caza siempre son peculiares. Los salmonetes, por contra, perfectamente desespinados, eran unos lomos sensacionales, aunque la combinación de sabores no era demasiado impactante: un gran plato, pero…
Plato de quesos al final: el carro de los mismos, que es en realidad una mesa que trasladan los camareros, es realmente impresionante, y la calidad de la elección que hizo el encargado fue realmente notable: aunque la selección que preparan es diferente para cada mesa, aunque los principios que se siguen son similares. Un surtido muy impresionante, al nivel de los mejores restaurantes en este sentido.

En los vinos nos acabamos decidiendo por un Pujanza Norte 2006, un rioja muy moderno, con la fruta muy presente y sin exceso de madera, con un toque muy mineral y que fue ganando jerarquía conforme avanzaba la mesa. No lo considero mi tipo de vino pero es de extraordinaria calidad.
¿Sensaciones? Decepción. Esta vez no nos inclinamos por algún menú, como en ocasiones pasadas, pero la satisfacción es muy moderada y, si tenemos en cuenta los altísimos precios, pues esa satisfacción desaparece y casi, casi, diría que no me han quedado ganas de volver. Aunque suene un poco extremo.

creo que ud estaba un poco estresado ese dia , he ido muchas veces a sant celonide madrid y a raco de can fabes en cataluña , y claro que hacen falta tiempo para comer en un sitio como este , lo lamentable es que ud se crea que es un fast food , es lamentable que ud escriba de estos temas sin tener la mas minima idea de lo que es la cocina slow food
Es posible que fuera un poco estresado ese día, pero no creo que considere que es un fast food… después de más de tres horas para cenar (y sin pedir menú y ni siquiera café). Una cosa es ir con prisa y otra cosa que el rollito slow food sirva para tenerte sentado, no sé, ¿seis horas sería razonable? Lo malo de ese tipo de razonamientos es que pueden estirarse hasta el infinito: “Usted siéntese en la mesa y se levantará cuando lo diga el genio de Santamaría. Si no le parece bien es que es usted un botarate”… No sé, no me acaba de convencer.
Ahí ahí. Denle duro y en el hígado. Todo el mundo (menos Melvin) sabe que a estos restaurantes hay que ir provisto de pijama y orinal, por si se alarga en demasía la comanda. Y nada de chistar ni meter prisas, que a lo mejor el artista-chef pierde la inspiración de repente.
Hombre, Pedro. Que un menú degustación pueda alargarse tres horas o incluso más tiene justificación (véase Bulli o Celler). Pero con un menú convencional, a la carta, parece demasiado tiempo. Dudo mucho que con el restaurante menos cargado tardes tanto.
Menudo carro de quesos. Ahí si que hacía yo un menú degustación.
Syrah, te reconozco que en la mesa de quesos me hubiera quedado una horita más sentadito… sin problema.
No sé, puede ser cierto que, después del viaje llegara a Madrid un poco cansado pero los tiempos no fueron perfectos, todo en términos relativos: considerando lo pagado.
Un saludo,
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