
La prosa de Bukowski tiene algo fascinante, que te impide dejar de leer, que te impulsa a continuar, esperando la siguiente barbaridad: el equivalente de un accidente de automóvil que atrapa tu mirada.
“Mujeres”, como muchas otras obras de este escritor, es poco más que una sucesión de anécdotas bizarras pero, como he dicho anteriormente, tiene ese “algo” que obliga a seguir hacia adelante, al igual que hace el propio autor, sabiendo que no lleva a ninguna parte.
Bukowski es uno de los autores auténticamente undergrounds, un autor que se confunde con su personaje, Henry Chinaski, hasta que es imposible separar uno de otro; las novelas de Bukowski son autobiográficas, o así pretende que sean. Es posible que el autor no fuera un personaje tan extremo –en ocasiones despreciable– como refleja en sus obras, pero tampoco importa; Charles Bukowski no sólo no se avergüenza de sus defectos, de su alcoholismo, de sus miserias humanas, sino que las convierte en su principal mérito literario.
Bukowski es un escritor punk, que coge la ortodoxia literaria, se mea en ella y la arroja por la ventana.
Por otra parte Anagrama siempre ha editado a muchos de mis autores favoritos pero no deja de molestar que, en esta traducción de Jorge Berlanga, las páginas estén salpicados con algunos laísmos que hacen chirriar una lectura tremendamente divertida. Hay otros graves errores, como redacciones erróneas de los imperativos, en la disposición de los diálogos, etc… impropios de una editorial como Anagrama, y más en un título clásico como éste el cual, en estos años, podía haber tenido un lavado de cara.



