Vengo de “Casa Pardo” y, aunque no tengo demasiado que añadir sobre mi anterior post de hace un par de meses, quería hacer un par de anotaciones.
Por supuesto, la calidad se mantiene; el precio supongo que también aunque hoy no he pagado yo. Fantástico todo: servicio, cocina, vino y tiempos.
De aperitivo una brandada de bacalao, acompañado de una cazuelita con los famosos mejillones en escabeche de Casa Pardo, una promesa de buena comida, un recuerdo de aquellos fantásticos mejillones que te ponían en la barra mientras esperabas la mesa.
Los primeros, a compartir, fueron las clásicas croquetas de marisco, muy muy buenas -pero croquetas al fin y al cabo-; unas zamburiñas al horno también espectaculares -las segundas mejores de la ciudad después de La Iebolina- y unas almejas de Carril a la plancha y con limón. Este último plato es muy acertado, pero no llega al nivel de las de O Muíño do Vento -del cual hablaba Pantagruel hoy-, cuestión que se discutió con el jefe de sala de Casa Pardo hoy, viniendo después a preguntar qué nos habían parecido; y es cierto que tenían muy buen porte, que estaban en su punto de cocina y que la salsa era muy sabrosa, pero siguen siendo mejor las de O Muíño.
De segundo, las habituales bolsitas de gambas en brick, de las cuales hay poco que añadir; por otra parte la merluza con guisantes y salsa de carne que tampoco es novedad pero sigue teniendo una nota altísima, mientras yo me incliné por el mero con salsa de nécoras, que estaba magnífico tanto la preparación como la pieza, de tamaño más que respetable, aunque un pelín pesada -no mucho- la salsa.
Café de pota y a trabajar después. Tan sólo señalar que regamos la comida con un ribeiro recomendado por la casa, un Emilio Rojo de 2007, al que le aprecio gran calidad, aunque, tal vez -y soy consciente de mi atrevimiento- diría que tiene un exceso de potencia.


